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En esa época Domingo se destacó por su amor a los pobres, vendió todos sus libros y su ajuar para socorrerlos en sus necesidades, arguyendo ante sus extrañados compañeros "no quiero estudiar sobre pieles muertas mientras los hombres mueren de hambre".
A los 21 años se incorpora a una comunidad de presbíteros, el cabildo de Osma, por invitación expresa de su prior, Diego de Acebes. Allí se perfecciona en la vida común, adquiere profundos hábitos de oración y, dedicado al estudio, se desempeña como profesor de Biblia en la Universidad de Palencia. Recibe también en esa misma comunidad la ordenación presbiteral (1194). En 1201 llegó a ocupar el cargo de subprior del cabildo. Ese mismo año Diego fue nombrado obispo e inmediatamente enviado a Dinamarca en una misión diplomática por el rey de Castilla. Diego eligió a Domingo como compañero de viaje (1204). Volviendo de su segundo viaje se dirigieron a Roma (1206) y pidieron al Papa un permiso especial para dedicarse a la predicación entre los infieles como misioneros.
En los dos viajes a Dinamarca, Domingo, había entrado en contacto con una dolorosa realidad: los estragos que en el sur de Francia producían las herejías de cátaros y albigenses, y además el mal ejemplo de los clérigos y la incapacidad de algunos obispos para predicar. A partir de entonces para Domingo sólo existe una idea preocupante: extirpar la obra de los herejes. En adelante se consagrará a predicar con su vida y con su ejemplo, en el templo o en la calle. Su palabra, su vida, su oración y su penitencia fundamentan su entrega total y definitiva a la defensa de la verdad y de la fe cristiana. El día lo consagra a la predicación clara de los hechos y dichos de nuestro Señor Jesucristo y la noche a la oración, "siempre hablaba con Dios o de Dios". Su palabra es ardiente y convencida. Su vida intachable y ejemplar. Los frutos de su fervor apostólico van apareciendo en forma de conversiones constantes de la herejía hacia la verdadera fe. Domingo es un apóstol en el sentido original y pleno de la palabra. Su constante preocupación y oración es "Dios mío, ¿qué será de los pecadores?". El busca salvarlos a través de la predicación, recorriendo campos, aldeas y ciudades. Todo el tiempo llevaba consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de San Pablo, sabiéndoselos casi de memoria.
En 1206, Domingo, fundó en Prouille un monasterio de contemplativas, reuniendo en comunidad nueve convertidas del albigenismo. Las monjas, en su retiro monástico, apoyarán con sus oraciones y su penitencia el esfuerzo apostólico de Domingo y sus compañeros. Domingo se dedica también a dar formación centrada en el Evangelio a un grupo de seglares en Tolosa (1210), para que colaboren en el anuncio de la Palabra de Dios principalmente con sus vidas y palabras. Tres veces lo nombran obispo, pero él lo rechaza, prefiere continuar anunciando a Jesucristo junto con sus hermanos. En 1215 Fulco, obispo de Tolosa, confirmó oficialmente este nuevo modo de evangelización y pocos meses más tarde viajó junto con Domingo a Roma donde el papa Inocencio III confirmó a su vez este estilo innovador de predicación. Para entonces Domingo ya había constituido con algunos compañeros la primera fraternidad conventual en Tolosa, estableciendo así en 1215 los fundamentos de nuestra Orden.
Enriqueciendo la vida canonical con la vida apostólica y bajo la regla de San Agustín asumió para sí y para su Orden el oficio de la predicación, que hasta entonces era una misión reservada a los obispos. Hechas los reajustes Domingo se dirigió de nuevo a Roma para solicitar del Papa la aprobación de su Orden. El 22 de diciembre de 1216 el papa Honorio III le concedió la bula de confirmación, señalando a sus frailes como los "campeones de la fe y verdaderas lumbreras del mundo". Posteriormente obtenida en Roma la garantía de la misión universal de su Comunidad con el título de "Orden de Frailes Predicadores"(21 de enero de 1217), confiado a la gracia de Dios y apoyado en el patrocinio de la Virgen María, Domingo dispersa a sus frailes el día de la Asunción de la Virgen (15 de agosto de 1217) por toda Europa, mandándolos especialmente a París y Bolonia, principales centros universitarios de la época, y cuatro a España. En los años 1220 y 1221 presidió en Bolonia dos capítulos generales que dieron a la Orden su cariz definitivo: la predicación multiforme debe partir de una simultánea contemplación en la oración litúrgica y el estudio, en el entorno de una vida común de fraternidad evangélica y pobreza mendicante.
Físicamente desgastado por el trabajo apostólico, Domingo murió el 6 de agosto de 1221 rodeado de sus frailes en el convento de Bolonia (Italia), a la edad de 51 años, después de una vida de entrega absoluta a Dios y a los hombres, y dejando como legado sus dos grandes obras apostólicas: la Orden de Predicadores conocido también como la Orden Dominicana y el Santísimo Rosario. Domingo fue una persona extraordinaria, exigente y flexible a la vez, genial y prudente, reformador y fiel a las directrices de la Iglesia, "tierno como una mamá y duro como el diamante" (Lacordaire). El papa Gregorio IX, que había sido su amigo siendo cardenal lo canonizó el 3 de julio de 1234. Su fiesta se celebra el 8 de agosto.
El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica pone como ejemplo de intercesión de los santos la promesa que Domingo hizo a sus hijos en el lecho de muerte: "No lloren, les seré más útil después de mi muerte y los ayudaré más eficazmente que durante mi vida"(n. 956). ¡Cumple, Padre, lo que dijiste!
(Publicado en "EL PAHUICHI", Boletín Informativo del "Nuevo Pentecostés", La Mansión, Centro Católico de Evangelización. Año 9 N° 165, Santa Cruz, septiembre de 2000)
Fr. Gerardo Wilmer Rojas Crespo, O.P.
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